El discurso del 16 de abril de 1961 en el que Fidel Castro proclamó oficialmente el carácter socialista de la Revolución Cubana es bastante conocido.

“Lo que no pueden perdonarnos los imperialistas es (…) ¡que hayamos hecho una revolución socialista en las propias narices de los Estados Unidos!”, dijo ese día un desafiante Castro, después del entierro de las primeras víctimas de la invasión de Bahía de Cochinos.

El momento todavía es conmemorado todos los años en la isla caribeña. Y, 57 años después, Cuba sigue siendo el único país oficialmente socialista de América Latina, a pesar de los vínculos de varios gobiernos de la región con el denominado “socialismo del siglo XXI”.

Pero, contrario a lo que muchos creen, Cuba no fue el primer país de la región en adoptar formalmente el apelativo, pues casi tres décadas antes una “república socialista” ya también había sido proclamada en Chile.

Ocurrió en junio de 1932, casi 40 años antes de que el Salvador Allende resultara electo con un programa de “transición al socialismo” que fue truncado por el golpe de Estado de 1973.

Y aunque para algunos historiadores la República Socialista de Chile se extendió del 4 de junio al 13 de septiembre de 1932 (es decir, por un período de poco más de tres meses), para la mayoría su vida fue todavía más efímera.

12 días

En sentido estricto fueron sólo 12 días. Luego hubo un gobierno -el de Carlos Dávila- que reivindicó esa República Socialista, pero en la práctica aplicó políticas bastante regresivas”, le dice a BBC Mundo el historiador Sergio Grez.

Y, como destaca el profesor de la Universidad de Chile, en ese corto período de tiempo el gobierno socialista chileno no tuvo tiempo de impulsar cambios significativos, siendo mejor recordado por medidas como una amnistía para los luchadores sociales, la prohibición de los desahucios y por obligar a que la Caja de Crédito Popular devolviera los instrumentos de trabajo empeñados.

“Las medidas que adoptó la República Socialista no fueron medidas socialistas: no se puede en nada más 12 días. Se tomaron algunas medidas populares, pero que no significaban un cambio del modelo económico”, explica Grez.

“Así que lo que quedó de la República Socialista fue básicamente el recuerdo, el mito. Pero el mito en la historia es fuerza de movilización”, destaca el historiador, para quien una de las principales consecuencias de los eventos de julio de 1932 fue, de hecho, el nacimiento al año siguiente del Partido Socialista de Chile.

Efectivamente, Chile tuvo una república socialista antes de tener un partido con ese nombre, si bien Grez destaca que este tipo de ideas habían empezado a encontrar arraigo en varias zonas del país a partir de la década de 1890.

Y las mismas adquirieron más fuerza luego de la Gran Depresión de 1929, la que fue vista por muchos como evidente expresión de la crisis del capitalismo.

Una Gran Depresión que, como destaca el historiador, tuvo efectos particularmente desastrosos para un país que económicamente dependía casi exclusivamente de un único producto: el salitre.

“Chile fue, en términos proporcionales, el país más golpeado del mundo”, afirma Grez.

“Y eso generó también una profunda crisis social y política“, dice del convulso contexto en el que el socialismo se oficializó en el país sudamericano.

De hecho, una de las principales víctimas locales de la Gran Depresión fue el gobierno de Carlos Ibáñez -descrito por el historiador como un “dictador de facto”-, el que fue derrocado en julio de 1931 en el primero de una serie de alzamientos que continuarían sucediéndose hasta octubre del año siguiente.

Y fue uno de esos complots, encabezado por el entonces jefe de la Fuerza Aérea, el comodoro del aire Marmaduke Grove, el que llevó a la proclamación de la República Socialista de Chile el 4 de junio de 1932.

Sin base social

Curiosamente, Dávila también fue parte de ese complot, un “golpe suave” que derrocó al entonces presidente Juan Esteban Montero.

Y el antiguo embajador del gobierno de Ibáñez en Washington fue uno de los tres integrantes de la junta de gobierno “socialista” junto a Eugenio Matte y el general en retiro Arturo Puga, su presidente.

La República, sin embargo, era una coalición bastante heterogénea “que no tenía el apoyo de una base social organizada”, destaca Grez.

Y tampoco pudo contar con el apoyo del Partido Comunista de Chile, nacido una década antes, el que -fiel a los lineamientos del VI Congreso de la Internacional Comunista- consideraba a los socialistas que acataban los dictados de la democracia burguesa como sus principales enemigos.

Según el historiador, los comunistas chilenos tuvieron una actitud bastante hostil hacia la República Socialista, exigiéndole condiciones muy difíciles de cumplir a cambio de su apoyo.

Y el propio Dávila no tardó mucho en complotar contra sus aliados, haciéndose con el control pleno del gobierno desde el 16 de junio de 1932, cuando Grove y Matte fueron arrestados, hasta su derrocamiento por un golpe militar, el 13 de septiembre de hace 86 años.

“Dávila predicaba un programa moderadamente socialista, pero no demostró mayor capacidad de implementarlo”, es el análisis de la revista Foreign Affairs en un artículo sobre esos convulsos años publicado en 1939.

“Y después de tres meses fue remplazado por la fuerza, primero por un gobierno militar y luego por un gobierno civil hasta que se celebraron nuevas elecciones presidenciales en octubre de 1932″, continúa el reportaje, titulado “Chile se mueve a la izquierda”.

Herencia

La pieza de Foreign Affairs se centra en unas elecciones celebradas seis años más tarde: las que se saldaron con la victoria de Pedro Aguirre Cerda, el candidato de un Frente Popular conformado por los partidos Democrático, Radical, Socialista y Comunista, además de la Confederación de Trabajadores de Chile.

Y, por lo que cuenta Grez, el Frente Popular retomó en su programa algunos de los principales postulados de la desaparecida República Socialista.

Efectivamente, los principales objetivos declarados de la República Socialista eran alimentar al pueblo, domiciliar al pueblo y vestir al pueblo, lo que en 1938 se tradujo en la consigna “Pan, techo y abrigo”.

Pero, para entonces, el VII Congreso de la Internacional Comunista ya había reconsiderado su actitud hacia los socialistas y más bien propugnaba por una política de alianzas vía esos “frentes populares”.

Y en Chile ya existía un Partido Socialista, en el que recalaron varios de los líderes de la efímera república y en cuya fundación también participó un tal Salvador Allende.

“Definitivamente, la experiencia de la República Socialista debe haber pesado mucho en Salvador Allende“, valora Grez.

Pero esa, ya es otra historia.

FUENTE- http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-44429243

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