Por Por Juan Pablo Avendaño.


Son pocos los jugadores que tienen o tuvieron las características requeridas para representar de manera tan fiel los valores de una institución deportiva. Raimundo Tupper fue uno de ellos. A la edad de 11 años ingresó a la Universidad Católica, el club de su familia, y de esos colores no se separó hasta el día de su muerte.

Pocos futbolistas, también, pueden empatizar de tal forma con el hincha del fútbol en general, que su bondad traspasa rivalidades y los hace ser respetados y admirados sin importar el equipo del que cualquiera sea hincha. Raimundo Tupper fue uno de ellos. Su calidez y sencillez lo hizo ser valorado incluso por fanáticos de Universidad de Chile y Colo Colo, eternos rivales de la UC, quienes no dudaron en acudir masivamente a su despedida final.

Raimundo Tupper, el Mumo, tuvo una carrera plagada de éxitos. Desde muy pequeño, integrando las series menores de la Universidad Católica, fue un valor importante en varios títulos conseguidos por los cruzados en giras al exterior, donde destacaba junto a uno de sus grandes amigos, Luka Tudor. También fue pieza clave de la Selección chilena sub 17 que obtuvo el cuarto lugar en el Mundial de esa categoría, realizado en Chile.

El paso siguiente fue integrar el primer equipo de la UC. Siendo parte del plantel, logró el campeonato nacional de 1987, último torneo largo ganado por el equipo de la franja. Más tarde conseguiría la Copa Chile de 1991, la final de la Copa Libertadores en 1993, y posteriormente la Copa Interamericana en 1994.

Pero la estela que dejó Raimundo Tupper va mucho más allá de los triunfos que logró en su carrera como futbolista. Innumerables son las veces en que colaboró con los más necesitados, ya sea donando parte de su sueldo a instituciones benéficas, como también ayudando en sus estudios a compañeros de inferiores de la UC que necesitaban subir su rendimiento académico para continuar persiguiendo su sueño futbolístico. Y es que ese era el auténtico Mumo. Solidario, dadivoso, respetuoso, noble, tanto en la cancha como en la vida.

Que una aciaga mañana de 20 de julio de 1995 no acalle su legado. Que año a año hinchas, dirigentes y sobre todo futbolistas, recuerden lo que fue el Mumo; así tendremos jugadores más leales con sus compañeros y con sus rivales. Que su estampa, benevolente y acogedora, sea el espejo en que se reflejen los niños de hoy que anhelan ser las estrellas del mañana. Que la familia del fútbol chileno no olvide jamás a Raimundo Tupper Lyon, uno de sus grandes.


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